Filosofías del Buen Vivir

Tunupa

El que se hizo paisaje
21 de marzo de 2026 · por Claudia González
Volcán Tunupa y el Salar de Uyuni, Bolivia

«Tunupa no sólo se convierte en desordenador del relieve altiplánico, sino en organizador cumpliendo la visión lógica plural.»

— Fides et Ratio, Vol. 10 N° 42, Bolivia
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I

El origen

Cuentan los abuelos que, mucho antes de que existieran los Incas, mucho antes incluso de que se levantaran las piedras de Tiahuanaco, ya existía Tunupa. Era la divinidad más antigua del altiplano, el ordenador del mundo. Algunos lo veían como un hombre sabio de ropas humildes; otros, como una fuerza doble: rayo en el cielo de arriba, lava en el mundo de abajo. Porque Tunupa no era uno solo: era dos en uno, lo que sube y lo que baja, el fuego celeste y el fuego terrestre.

Lo acompañaban Tarapacá y Taguapacá en su tarea de poner orden en la tierra. Porque ese era su oficio: no gobernar el mundo, sino ordenarlo. Y hay una diferencia enorme entre ambas cosas.

II

El peregrino rechazado

Tunupa llegó al altiplano caminando. No se sabe bien de dónde — algunos dicen que vino desde las selvas del Paraguay, cruzando Chachapoyas; otros, que simplemente apareció un día con sus ropas gastadas y su palabra firme. Llegó al pueblo de Yamquesupa y predicó, pero los habitantes lo expulsaron. Tunupa, dolido, transformó al pueblo entero en una laguna.

Luego caminó hasta Cachapucara, donde lo esperaba una mujer oráculo, una huaca, con la que tuvo una discusión furiosa. Allí también fue rechazado. Y en su furia hizo arder los cerros, derritiendo la montaña misma.

En Carabaya tampoco lo quisieron. Lo ataron de pies y manos, lo arrojaron a las aguas. Pero Tunupa se desató, y navegó por el lago Titicaca hasta llegar a Tiahuanaco. Desde allí se dirigió al mar por el río Chacamarca, y desapareció.

O eso creyeron.

III

La Bella Thunupa y el salar

Porque en otra versión del relato — la que cuentan en Pampa Aullagas, en Quillacas, en Salinas de Garci Mendoza — Tunupa no era un hombre, sino una joven bellísima que vestía diez polleras y diez enaguas. Llegó del norte del Collasuyo y conoció al gran Asanaque de la cordillera de Challapata. Con él convivió, tuvo un hijo.

Pero la desgracia llegó. Todos los volcanes del altiplano la pretendían. El gran Cora Cora le ofreció flores silvestres y su amor. Achacollo, desde Coipasa, le ofreció su trono y sus riquezas. Los pretendientes se pelearon toda la noche, con una violencia que sacudía la tierra. Y los dioses, furiosos ante tanta pelea, los castigaron: les quitaron a todos el derecho a moverse, a hablar, a encontrarse. Los volcanes quedaron clavados donde estaban, mudos para siempre.

Tunupa, que amamantaba a su pequeño volcán, no pudo ya buscarlo. El niño había sido escondido en Colchani. Ella, clavada al suelo como los demás, lloró. Y sus lágrimas y su leche se derramaron sobre la tierra árida, extendiéndose blancas y saladas hasta el horizonte.

Así nació el Salar de Uyuni. O como debería llamarse, según muchos aymaras: el Salar de Tunupa.

Porque Tunupa no murió. Se hizo paisaje. Su cuerpo es ahora el volcán que vigila el salar. Su leche, la sal infinita. Su dolor, el viento que lo recorre.

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Ecos filosóficos

La leyenda de Tunupa no es solo un relato hermoso: es un modo de pensar el mundo que dialoga con tres filósofos que vimos en la primera unidad. Veamos cómo.

Contra Descartes: el cuerpo que piensa

Descartes funda la filosofía moderna occidental con una separación radical: el sujeto pensante (res cogitans) es una cosa completamente distinta al mundo material (res extensa). El «pienso, luego existo» instala un yo que observa el mundo desde afuera, como si fuera un espectador en un teatro.

Tunupa hace exactamente lo contrario. No hay un yo que contemple la naturaleza: Tunupa deviene cerro, laguna, salar. Su leche no representa la sal: es la sal. Su cuerpo no simboliza la montaña: es la montaña. No hay distinción posible entre el sujeto y el mundo. El pensamiento y la materia son una sola cosa que se transforma.

Con Deleuze: devenir-montaña, devenir-salar

Deleuze habla del devenir como un proceso que no tiene punto de partida ni punto de llegada fijo. No se trata de que algo «sea» una cosa y luego «sea» otra. Se trata de estar siempre en el medio, en la transformación misma.

Tunupa no «es» un dios que «se convierte en» volcán. Tunupa es el movimiento mismo de convertirse. Es devenir-volcán, devenir-lago, devenir-sal. Nunca hay una identidad fija que se pueda atrapar. Cada pueblo que lo rechaza, Tunupa muta: transforma al pueblo en laguna, a la montaña en fuego, a sí mismo en río. Es lo que Deleuze llamaría una línea de fuga: un movimiento que escapa a toda clasificación, que no se deja atrapar por ninguna categoría.

Con Kusch: estar nomás

Es con Rodolfo Kusch donde la leyenda de Tunupa resuena con más fuerza. En América profunda (1962), Kusch distingue entre dos modos de habitar el mundo: el ser alguien de la tradición europea y el estar aquí del pensamiento popular americano.

El «ser alguien» es el modo cartesiano: un sujeto que se define por lo que piensa, por lo que hace, por lo que produce. Es el individuo moderno, urbano, que necesita justificar su existencia a través de la razón. El «estar aquí», en cambio, es simplemente habitar un lugar, estar arraigado a una tierra, pertenecer a un paisaje sin necesidad de explicarlo.

Tunupa no «es» un dios en el sentido occidental del término: no es un ser separado que gobierna desde arriba. Tunupa está en el altiplano. Es el altiplano. Su modo de existir no es el del pensador aislado en su estudio, sino el del que se hunde en la tierra, el que se mezcla con ella hasta volverse indistinguible. Es el estar nomás que Kusch encuentra como núcleo del pensamiento americano: una forma de ser que no necesita del «pienso, luego existo» porque ya está ahí, desde siempre, hecha paisaje.

No es casualidad que un estudio académico boliviano sobre la vía histórica de Tunupa cite directamente a Kusch y su América profunda como marco para comprender esta lógica andina. Tunupa es, en cierto sentido, la narración mítica de lo que Kusch intenta pensar filosóficamente: un modo de existir que no separa al ser humano de su suelo.

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Quizá lo que la leyenda de Tunupa nos muestra es que existen formas de pensar el mundo que la filosofía occidental tardó siglos en imaginar. Donde Descartes necesitó separar mente y cuerpo para poder pensar, los pueblos aymaras siempre supieron que uno puede volverse montaña. Donde Deleuze tuvo que inventar el concepto de «devenir», el relato de Tunupa ya contaba, desde hacía milenios, la historia de alguien que se transformó en todo lo que tocaba. Y donde Kusch buscó las palabras para nombrar ese «estar» americano, las lágrimas de Tunupa ya habían formado el salar.

A veces la filosofía ya estaba ahí, contada como cuento, bajo la lluvia del altiplano.

Fuentes

— Tradición oral aymara recopilada en Pampa Aullagas, Quillacas, Challapata y Salinas de Garci Mendoza (Edson López Aquino).

— Santa Cruz Pachacuti, J. Relación de antigüedades deste reyno del Pirú (c. 1613).

— Bertonio, L. Vocabulario de la lengua aymara (1612).

— Diez de Medina, F. Tunupa (La Paz, 1980).

— Kusch, R. América profunda (Buenos Aires, 1962).

— «La vía histórica de Tunupa en el imaginario andino», Fides et Ratio, Vol. 10 N° 42, 2016.