Filosofías del Buen Vivir

Habitar antes que construir

El arariwa y la casa que respiraba
10 de abril de 2026 · por Claudia González

«Lo americano profundo consiste en hallar ese suelo firme que está más acá de todo lo pensado.»

— Rodolfo Kusch, América Profunda
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Interior de una casa de piedra andina con un aguayo tejido en la puerta, fogón encendido y montañas al fondo

Cuentan que en un valle alto, donde las nubes pasan tan cerca que se les puede tocar el lomo, vivía un arariwa. Un guardián. No guardaba una fortaleza ni un palacio. Guardaba un pedazo de tierra con una casa encima.

La casa tenía paredes de piedra, gruesas, levantadas por su abuelo y por el padre de su abuelo. Pero donde debían ir las puertas había marcos abiertos, cubiertos con aguayos tejidos por las mujeres de la familia. Telas densas, de lana de llama, con dibujos que contaban historias que ya nadie sabía leer pero que todos entendían. Se movían con el viento. De día dejaban pasar la luz filtrada. De noche, el frío las hacía ondular despacio, como si la casa respirara dormida.

Y respiraba.

Cuatro aberturas. Una miraba al cerro, otra al río, otra al camino de las llamas y la última al cementerio viejo donde dormían los abuelos. Los aguayos filtraban el mundo, no lo bloqueaban. Entraba el frío, sí, pero entraba también el sonido del cerro, la humedad del río, el silencio particular que venía del lado de los muertos.

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Contra la pared del fondo, la que daba al cerro, había un rincón. Una piedra gastada por los cuerpos, lisa de tanto sentarse. Ahí se sentaba la abuela cuando él era chico. Ahí se sentó su madre después. Ahí se sentaba él ahora, sin pensarlo, cada atardecer, a tomar un mate de coca mientras la luz hacía lo que hacía siempre: entrar sesgada por la abertura del oeste, tocarle las manos, irse.

La piedra tenía una marca. Un hueco suave, del tamaño de un pulgar, que la abuela había ido tallando sin querer, con el gesto repetido de apoyar la mano para levantarse. El arariwa metía el dedo ahí a veces, como quien toca una cicatriz ajena para recordar que el dolor existió. Cada vez que lo hacía, algo del cuerpo de la vieja le llegaba por la yema. No un recuerdo concreto. Una temperatura.

Ese rincón era anterior a él. Iba a ser posterior a él. No lo había elegido; lo había heredado, como se hereda un gesto o una forma de reír.

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De noche, el arariwa se sentaba junto al fogón y escuchaba. El cerro le mandaba un zumbido grave cuando se venía el granizo. El río cambiaba de tono según la estación — agudo en el deshielo, ronco en el verano seco. Del cementerio llegaban a veces murmullos que no eran el viento, o que eran el viento cargado de otra cosa. Y del camino, cada tanto, aparecía alguien.

Una tarde apareció un ingeniero.

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El ingeniero venía de la ciudad. Traía planos, una cinta métrica y buenas intenciones. Miró los aguayos en las aberturas con la compasión de los que saben.

–Te voy a poner puertas –dijo–. De madera maciza. Y ventanas con vidrio. Vas a estar protegido de verdad.

El arariwa no dijo que no. Los que han aprendido a escuchar el cerro saben que a veces hay que dejar que las cosas pasen para entender por qué no debían pasar.

En una semana, los aguayos fueron descolgados y reemplazados. Cuatro puertas de madera con cerradura. Cuatro ventanas con vidrio grueso, bien selladas. El ingeniero se fue satisfecho. Había resuelto un problema.

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La primera noche con puertas, el arariwa no escuchó el cerro.

No el silencio limpio de las noches sin viento. Un silencio tapado, como de oído enfermo. Prendió el fogón, pero el humo no encontraba las corrientes de siempre y se quedó adentro, denso, picando en los ojos. Abrió la ventana que daba al cementerio y lo que entró fue un rectángulo de aire, recortado, sin cuerpo. Antes, el viento de los muertos llegaba ancho a través de la trama del aguayo, se mezclaba con el del río, daba una vuelta alrededor del fuego y se iba por donde había venido el cerro. Ahora entraba por un agujero de vidrio y chocaba contra la madera de enfrente.

A la semana, las plantas que crecían en la base de las paredes se secaron. El arariwa las había cuidado durante años sin regarlas mucho, dejando que la lluvia y el rocío hicieran lo suyo a través de la tela. Pero la lluvia ahora golpeaba las puertas cerradas y se escurría hacia afuera. El agua ya no encontraba el camino.

A las dos semanas, el fuego empezó a costar. La leña prendía mal. El arariwa, que llevaba cuarenta años encendiendo un fogón con tres palitos y un soplo, se encontró de golpe arrodillado ante una brasa que no quería vivir.

Se sentó en el rincón de la abuela. Metió el dedo en el hueco de la piedra. Frío. La piedra estaba fría por primera vez. Como si el cuerpo de la vieja se hubiera ido de ahí también.

A las tres semanas dejó de soñar.

Eso fue lo peor. Desde chico, el arariwa soñaba con los abuelos. No todos los días — los muertos tienen sus tiempos —, pero con la regularidad de las estaciones. Sueños cortos, a veces solo una cara, un gesto, un olor a chicha que se colaba desde el otro lado. Con las puertas puestas, los sueños se cortaron como se corta un río cuando le ponen un dique.

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Una mañana, antes de que saliera el sol, el arariwa sacó las bisagras.

No con furia. Con la paciencia de los que reparan un daño. Puerta por puerta, ventana por ventana, como si desarmara un error con las manos. Dejó las maderas y los vidrios apilados cerca del camino, por si a alguien le servían. Después fue al fondo de la casa, desdobló los aguayos — los había guardado, no los había tirado, porque uno no tira lo que tejió su madre — y volvió a colgarlos en los marcos.

Esa noche el cerro volvió a sonar. Los aguayos se hincharon con el viento como velas de un barco que no va a ningún lado y va a todos. El fuego prendió al primer soplo. Las raíces, bajo la tierra, empezaron a buscar el agua que ahora podía entrar sin pedir permiso.

Se sentó en el rincón. Apoyó el dedo en el hueco de la piedra.

Tibio.

Esa noche soñó con la abuela. Ella estaba sentada del otro lado del fogón, con las manos en las rodillas, mirando el fuego. Él la miró a ella. Se quedaron así un rato largo, en un silencio que solo los que comparten el fuego conocen. Después ella se levantó y se fue por la abertura que daba al cementerio, y el aguayo se movió apenas cuando la dejó pasar.

El arariwa se despertó con las mejillas húmedas y un olor a humo dulce que no venía de ninguna parte.

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El rincón que nos habita

Hay una piedra gastada en algún lugar de nuestra memoria. Un rincón donde se sentaba alguien que ya no está, y donde nos sentamos nosotros sin saber por qué. Bachelard decía que no habitamos casas nuevas: proyectamos en ellas la casa natal. Que los gestos de abrir una puerta o subir una escalera son recuerdos musculares. Que la casa de la infancia sigue inscripta en el cuerpo, organizando en silencio cada espacio que habitamos después.

El arariwa no necesitaba que nadie se lo explicara. Lo sentía en la yema del dedo, en el hueco tibio de la piedra.

Heidegger buscó la misma idea por otro camino. Descubrió que en alemán antiguo ser y habitar son la misma palabra. Que existir ya es habitar. Que el habitar precede a la construcción. Que cuando cuidamos un lugar — cuando dejamos que algo sea lo que es, sin forzarlo — estamos cumpliendo nuestra naturaleza más profunda.

Y Kusch dio vuelta todo. Dijo que Europa busca la seguridad en la técnica y América busca el amparo en el suelo. Que estar no es pasividad: es la forma más antigua de resistencia. El arariwa no construye para ser alguien. Habita para estar amparado. Para que el cerro lo escuche, el fuego lo abrigue y los muertos lo visiten.

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Pienso en esa historia cada vez que llego a mi casa. En qué dejo entrar y qué dejo afuera. En si los límites que tengo filtran o bloquean. En si mi casa respira o se ahoga.

En si hay algún hueco tibio donde todavía quepa el dedo.

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