«Siempre que tengo ocasión de hablar u oír discursos sobre filosofía, fuera del provecho que de ello obtengo, me regocijo sobremanera. En cambio, cuando oigo otros discursos, especialmente los de vosotros, los ricos y negociantes, me aburro.»
— Apolodoro, en El Banquete de Platón (173c)
Platón no escribe un tratado sobre el amor. Escribe una obra de teatro. Y antes de que nadie diga una sola palabra sobre Eros, nos obliga a preguntarnos algo incómodo: ¿podemos confiar en lo que estamos a punto de leer?
Porque la verdad sobre el amor, en El Banquete, nos llega a través de lo que podríamos llamar un teléfono descompuesto institucionalizado. Platón escribe lo que Apolodoro cuenta que Aristodemo le contó sobre lo que Sócrates dijo que Diotima le había enseñado. Cinco niveles de mediación. Cinco capas de subjetividad entre nosotros y el hecho. Y Platón lo hace a propósito.
La estructura de cajas chinas
Como señala Leo Strauss, en Platón el escenario y los gestos son tan significativos como los argumentos. La decisión de presentar los discursos más importantes de la filosofía occidental sobre el amor como un relato de segunda mano no es un descuido: es una tesis. La verdad filosófica no es algo que se posee como un objeto. Es algo que se persigue, se reconstruye, se pierde en cada transmisión y se recupera en cada lectura.
Aristodemo, el testigo, era un fanático de Sócrates que andaba descalzo como él. Apolodoro, el narrador, confiesa que desde que conoció a Sócrates solo habla de filosofía y todo lo demás le aburre. Platón nos advierte desde la primera página: la filosofía se transmite por el vínculo erótico entre discípulo y maestro, y eso condiciona todo el testimonio.
Sócrates en el umbral
Antes de que empiece el banquete, ocurre algo extraño. Sócrates, que se ha bañado y puesto sandalias por primera vez en mucho tiempo, se detiene en el portal de la casa vecina. No entra. Se queda ahí, de pie, pensando. Los demás cenan sin él. Cuando alguien va a buscarlo, Agatón dice: «Déjalo. Es una costumbre que tiene.»
Este gesto funda lo que podríamos llamar la atopia socrática: la capacidad de retirarse del flujo social para habitar un espacio intermedio. El portal no es la calle ni la casa. Es el umbral. Y Sócrates, como analizó Lacan en su seminario sobre la transferencia, genera más fascinación con su silencio que con sus palabras. Los demás lo desean en la mesa no por lo que dice, sino por ese secreto que parece guardar mientras está absorto.
La sabiduría no es un fluido
Cuando Sócrates finalmente entra, Agatón le pide que se siente a su lado para que la sabiduría le «fluya» por contacto, como el agua pasa de una copa llena a una vacía a través de una lana. La respuesta de Sócrates es demoledora:
«¡Qué bien sería, Agatón, que la sabiduría fuera una cosa de tal naturaleza que, al ponernos en contacto unos con otros, fluyera de lo más lleno a lo más vacío de nosotros!»
— Sócrates, en El Banquete (175d)
Acá Sócrates destruye lo que hoy llamaríamos la «educación vasija»: la idea de que el maestro es una fuente y el alumno un recipiente. Si la sabiduría funcionara así, el aprendizaje no requeriría esfuerzo, solo contacto. Pero el saber no fluye. El saber se desea. Y solo puede desear el que reconoce su propio vacío.
Expulsar a la flautista
El momento fundacional del diálogo llega cuando los comensales, castigados por la resaca del día anterior, deciden no emborracharse. Erixímaco propone despedir a la flautista y pasar la noche en conversación. Cada uno elogiará a Eros, de izquierda a derecha.
Este gesto es más profundo de lo que parece. Se expulsa lo sensible, la música que impide el diálogo, para instaurar el reino de la palabra razonada. Es el nacimiento del seminario como dispositivo pedagógico: un espacio donde el goce del cuerpo se transforma en goce del pensamiento.
Y Sócrates acepta el desafío con una declaración que es la clave de todo el diálogo: «Yo, que digo no entender de nada, excepto de las cosas del amor.» El único saber que Sócrates reclama para sí es el saber sobre cómo funciona el deseo.
La pregunta que queda
Si el saber no fluye por contacto, ¿qué es lo que une a los comensales de este banquete? Si la verdad nos llega siempre mediada, siempre de oídas, siempre filtrada por el amor que sentimos hacia quien nos la transmite, ¿es posible la filosofía como conocimiento objetivo? ¿O es siempre, inevitablemente, una historia de amor?
Platón nos deja en el umbral. Como Sócrates en el portal de Agatón, nosotros también tenemos que detenernos un momento antes de entrar. Porque lo que viene después, los discursos sobre Eros, solo se entienden desde esa disposición: no como quien colecciona datos, sino como quien habita la pregunta.