«¿Qué dices, Sócrates? ¿Eros es feo y malo?» «¡Habla bien!», dije yo. «¿Crees tú que lo que no sea bello tiene que ser necesariamente feo?»
— Platón, Banquete, 201e
I. La que viene de afuera
En el Banquete de Platón hay siete hombres hablando del amor. Elogian. Compiten. Se lucen. Cada uno arma su discurso como una pieza de oratoria, más o menos brillante, más o menos sincera. Y cuando le toca el turno a Sócrates — el que supuestamente lo sabe todo —, hace algo inesperado. No habla por sí mismo.
Dice: lo que sé del amor me lo enseñó una mujer.
Diotima de Mantinea. Sacerdotisa. Extranjera. Una mujer que no está en el banquete, que no fue invitada, que no podía estarlo. Pero cuya voz atraviesa la noche entera plegada dentro de la voz de un hombre.
Y esto no es un detalle menor. Es una operación filosófica y política de primer orden.
Atenas es una ciudad cuyo esplendor tiene una sombra: en esa sombra están los que no son ciudadanos, los que no acceden a la educación, y entre ellos — sobre todo — las mujeres. Diotima viene de los márgenes. De Mantinea, que evoca manteia: adivinación, profecía. Y sin embargo es ella quien posee el saber más profundo del banquete. La verdad sobre el amor no nace en el centro del poder ateniense sino en su periferia.
Cuanto más lo pienso, más me asombra ese gesto.
II. La voz que necesitó otra voz
Diotima no habla como hablan los varones del banquete. No hace elogios retóricos ni mitos ingeniosos. Interroga. Guía. Conduce a Sócrates escalera arriba. Anna Pagès lo dice con precisión: las mujeres se acercan a la filosofía «con más empuje y menos miedo al desbordamiento del pensar». El discurso de Diotima, dice Pagès, acaba excediéndose: va más allá de lo que el marco del simposio permitía.
Pero hay algo más radical.
El conocimiento de Diotima llega al banquete plegado en la voz de un hombre. Ella no está presente. Su sabiduría necesitó la voz de Sócrates para circular entre los comensales y, más tarde, la escritura de Platón para atravesar los siglos. Es un mecanismo que se repite en toda la historia de la filosofía: las mujeres que pensaron, enseñaron y crearon conocimiento fueron audibles solo cuando un varón prestó su voz o su firma.
Diotima trascendió el silencio del templo, el silencio de las mujeres, lo efímero del tiempo. Creó surcos en un discurso por venir.
Veinticinco siglos después, seguimos leyendo lo que dijo. A través de Sócrates. A través de Platón. Dos filtros masculinos. ¿Cuánto se perdió en el camino?
III. El amor no es un dios
Lo primero que hace Diotima es desarmar a Sócrates. Le pregunta: si Eros desea lo bello, ¿cómo puede ser bello? Solo se desea lo que no se tiene. Sócrates se queda sin respuesta. El mismo Sócrates que acaba de demoler el discurso de Agatón con ese mismo argumento.
Y ahí viene el golpe: Eros no es un dios.
Para los griegos eso era casi una herejía. Pero Diotima no se detiene. Si Eros no es un dios — pleno, bello, perfecto —, y tampoco es feo ni malo, entonces ¿qué es? Es un daimon. Un ser intermedio. Un puente entre lo divino y lo mortal. Lo que los griegos llamaban metaxú: lo que está en medio.
«Es un gran demonio, Sócrates. Pues todo lo demoníaco es algo intermedio entre lo divino y lo mortal.»
— Platón, Banquete, 202d-e
Eros hijo de Penía — la Pobreza, la carencia — y de Poros — el Recurso, el ingenio. Hereda de su madre la falta: duro, descalzo, sin hogar. Hereda de su padre la audacia: cazador, tramador, siempre buscando. Nace el día del cumpleaños de Afrodita. Nace en una fiesta. Nace de la necesidad que se cruza con la oportunidad.
Y eso es lo que somos cuando amamos. No somos dioses. No somos plenos. Somos esa mezcla incómoda de hambre e ingenio.
IV. Eros filósofo
Acá es donde Diotima da el salto que justifica todo el discurso.
Si la sabiduría es una de las cosas más bellas que existen, y Eros es deseo de lo bello, entonces Eros es amante de la sabiduría. Filósofo. Literalmente: el que ama el saber porque sabe que le falta.
«La sabiduría es una de las cosas más bellas y Eros es amor de lo bello, de modo que Eros es necesariamente amante de la sabiduría, y por ser amante de la sabiduría está, por tanto, en medio del sabio y del ignorante.»
— Platón, Banquete, 204b
¿Quiénes no filosofan? Los dioses, porque ya lo saben todo. Y los ignorantes — pero no porque sean tontos, sino porque creen que ya saben. Les falta la conciencia de la carencia. Ese es el grupo más peligroso, dice Diotima: el que no busca porque está convencido de que no le falta nada.
El filósofo, en cambio, habita el medio. Sabe que no sabe. Y eso lo pone en movimiento.
Como Eros.
V. Poseer el bien para siempre
Diotima termina con una pregunta que parece sencilla y es devastadora: ¿para qué amamos?
Sócrates responde sin dudar: para ser felices. Para poseer lo bueno. Bien. Pero Diotima agrega una palabra que lo cambia todo: siempre. No queremos el bien un rato. Lo queremos para siempre. El amor es el deseo de poseer el bien para siempre.
«¿Podemos decir en resumen que el amor es el deseo de poseer el bien siempre?»
— Platón, Banquete, 206a
Y ahí está el drama de los mortales. Queremos lo eterno y somos finitos. Queremos que lo bueno no se nos escape y todo se nos escapa. El amor, entonces, es una rebelión contra la muerte. No una rebelión ruidosa — una rebelión silenciosa, cotidiana, que se manifiesta cada vez que creamos algo, cada vez que enseñamos algo, cada vez que dejamos una marca en alguien.
Los mortales buscamos la inmortalidad a través de Eros. A través del deseo. A través de la creación. A través de los hijos que tenemos y de los libros que escribimos y de las ideas que plantamos en la cabeza de otro.
Diotima lo sabía. Y se lo dijo a Sócrates. Y Sócrates se lo dijo a los comensales. Y Platón lo escribió. Y acá estamos, veinticinco siglos después, leyéndolo.
¿Quién ganó la partida contra el tiempo?